miércoles, 28 de octubre de 2026

Salida sábado 31 de octubre. Samaniego - viñedos alaveses

 

Es un recorrido muy suave, por los viñedos de la rioja alavesa, unos 11 km. Y desnivel menor de 200 m.


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Hola a todos. Ayer disfrutamos de un estupendo día donde acariciamos la base de la sierra de Cantabria. Nuestro objetivo esta vez no era coronar sus cimas, sino contemplar los colores del otoño. Los viñedos se teñían de fuego y las riberas de tonos dorados. Salimos de Samaniego, en la lejana Rioja alavesa. Como correspondía a la fecha, víspera de Todos los santos, quedamos junto a la tapia de un cementerio. Desde allí tomamos una pista que, rodeando el solar de una vieja ermita, se dirigía hacia Villabuena de Álava. Allí nos recibió otra ermita dedicada a san Torcuato, el patrón del pueblo. Más abajo, junto al barranco encontramos la iglesia dedicada a San Andrés, que da paso a la plaza del Ayuntamiento (dedicada al árbol de Guernica), donde destaca el vanguardista hotel Viura, que parece ser el resultado de una superposición de cubos lanzados al aire. En el muro que da a la plaza, un letrero hace referencia a la casa de diezmos, ya que al construir el hotel se encontró un pasadizo que comunicaba con ella. Enfrente, un monumento recuerda al viejo lavadero. El pueblo cuenta con varias casas señoriales de estilo renacentista, y con la iglesia parroquial de San Andrés. Antes de llegar al núcleo de la población, ya empezamos a deleitarnos con los racimos que se habían escapado de la vendimia. Seguimos por una estrecha carreterita hasta llegar a la desvío que nos llevó hasta el Montecillo, con un dolmen de corredor parecido a los de Artajona, de época neolítica, bastante reconstruido y con un túmulo de cantos rodados, rodeado de varios almendros donde continuamos con la recolección. Cerca del yacimiento megalítico, y para seguir con el tema funerario, los visitantes pasaban por Ibaola Harriak, un "cementerio ateo" moderno, compuesto de varios menhires que el dueño de un antiguo viñedo dispuso para poder esparcir cenizas y que los muertos aspiraran los efluvios de los caldos que reposan en las numerosas bodegas de la zona. La mayoría del grupo, sin embargo, decidió no tentar a los espíritus, y retroceder por la pedregosa y resbaladiza subida por la que habíamos accedido al altozano para retomar la pista de los viñedos. Alguno atajó cruzando entre las cepas para enlazar en la siguiente cuesta, desde la que se divisaba la bodega "Bideona" (Buen camino, la felicitación que intercambian los peregrinos a Santiago). Paramos para almorzar en un recodo de la pista asfaltada. Adolfo había traído pan de cúrcuma, quesos y embutidos varios, algunos procedentes de Polonia. Una de las botellas de vino era de la provincia de Segovia. El lugar olía a tomillo, y también tenía almendras sin recoger.
Desde el lugar del almuerzo, la gente aceleró la marcha, porque algunos querían comer de plato. Una pena, porque la iglesia de Leza tenía una portada bastante llamativa, de estilo isabelino. Pero la ruta no llegaba a entrar al pueblo, sino que se desviaba a la izquierda para buscar el camino hacia Samaniego. Tres burros nos observaban atentamente. Me entretuve un poco acariciando a uno de ellos, perdiendo al grupo de vista. Como la pista se desviaba hacia la izquierda y ya llevábamos mucho sube y baja, decidí atajar por la directa y salir a la carretera a 500 metros de la entrada del pueblo, con lo que conseguí recuperar la distancia perdida y llegar al coche a la vez que nuestras pasajeras, pasando por un bar donde algunos de los nuestros estaban pidiendo un refrigerio. Esta vez pudimos relajarnos en un idílico rincón, equipado con mullidos sofás desde donde se divisaba parte de la ruta que habíamos recorrido, con todo su colorido. Permanecimos un buen rato en aquella terraza, degustando croquetas de hongos y rodajas de patatas con salsa brava, y debatiendo sobre artistas, dibujantes y pintores, hasta que se nos acabó la inspiración (y la comida) y decidimos volver a casa. Algunos todavía aprovecharon para ver desde fuera la espectacular bodega diseñada por Frank Gehry para Marqués de Riscal en Elciego. Un bonito día, un deleite para los sentidos. (Mary Luz)